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Esto mismo me pregunté yo el otro día cuando, tras acudir al servicio de urgencia del Centro de Salud de L’Eliana, necesité una a las dos de la mañana y tuve que ir a buscarla por las calles de otro pueblo que no era precisamente este.

¿Servicio de 24 horas? Sí, en Ribarroja y en La Pobla. Aquí no. Ni aún en temporada estival cuando L’Eliana es considerada como zona turística por la Conselleria de Sanitat. De hecho, tenemos médico de refuerzo que atiende a la población de L’Eliana y a la de San Antonio todos los días durante los tres meses de verano, pero no ocurre lo mismo con las farmacias.

¿Por qué? ¿Por qué no es posible que el Colegio de Farmacéuticos y la Dirección General de Farmacia aprueben un servicio ininterrumpido de farmacia en un municipio que tiene seis? Son puristas estableciendo “Zonas Básicas” (a saber: la nuestra está compuesta por La Pobla, Ribarroja, L’Eliana, Benaguacil y San Antonio de Benagéber) y “pejigueros” a la hora de imponernos aquí los horarios de apertura y cierre; sin embargo, parece que no han advertido que en la entrada de Valencia, concretamente en la avenida de les Corts Valencianes, hay dos de veinticuatro horas, una enfrente de la otra. ¿Es esta una “Zona Básica”?

Sé que esta discusión no es nueva, sé que nuestro Ayuntamiento ha realizado las gestiones pertinentes junto a ustedes, señores propietarios; pero también sé, y a la vista está, que nada prospera, que pasan los años con sus días y sus noches, con sus inviernos y sus veranos, y todo sigue igual.

¿Creen ustedes que en un futuro, más o menos próximo, será posible que este servicio, fundamental ya en este municipio por la extensión y la población que tiene durante todo el año y que se ve incrementada considerablemente en verano, forme parte de nuestras vidas, matizo: de las vidas de sus usuarios; vuelvo a matizar: de los usuarios de ustedes?

Por favor, señores farmacéuticos, vayan y hablen de nuevo con su Colegio; vayan y vuelvan a solicitar la ampliación horaria; vayan y, de paso, pregunten también por qué motivo solo sigue habiendo una farmacia en San Antonio de Benagéber, la misma de toda la vida, cuando por población le corresponderían ya tres. La misma que Plataforma SAB, el partido independiente de ese pueblo, denuncia por ocupar un local municipal con la cláusula de arrendamiento vigente desde los años 70.

A lo mejor, si entre todos hacemos un poquito de fuerza, si abren más farmacias en el pueblo de al lado y se vuelve a sumar la iniciativa de las instituciones, conseguimos de nuevo tener servicio farmacéutico aquí en L’Eliana las veinticuatro horas del día todos los días del año.

Carmen de Julián.

La lectura y la afición por los libros tienen que ver, en mi caso, con un afán posesivo, un afán por apropiarme de sus formas y contenidos que solo puedo explicar o justificar por la búsqueda desinteresada y apasionada de una historia y, por qué no, de la historia que subyace en cada una de sus páginas.

Busco sucesos que me conmuevan, que me hagan desear haber estado allí, haber vivido y participado en el avatar sin importarme las consecuencias. Sin embargo, resulta complicado descubrir y más aún describir ese momento de inflexión en el que perdemos la inocencia de nuestro mundo interior para mezclarlo con el mundo de nuestras afueras; dos mundos, por supuesto, terrenales.

En mi niñez, permanecí un tiempo largo encamado debido a una enfermedad crónica. El cuarto donde mi padre se aislaba para conversar con sus escritores predilectos permanecía a mi alcance y, poco a poco, me convertí en un pequeño ladrón de libros, hurtando algunos de aquellos volúmenes para devorarlos en mis horas de soledad y convalecencia.

Al principio nadie se dio cuenta, pero un día mi progenitor observó que alguien había alterado el orden de los volúmenes; donde debían estar los Verne, Salgari, Dumas, Stevenson, etc., aparecían los Tolstoi, Dickens, Balzac, Galdós, Zweig, Istrati (un autor raro, por cierto), Dhuamel (más raro), o Lotti (rarísimo y exótico), amén de otros, así que la autoridad familiar devolvió a su lugar aquellos ejemplares y los cerró bajo llave. Consideró que eran lecturas inapropiadas para un mocoso, me permitió, eso sí, el acceso a los libros de “aventuras” entre los que había auténticas joyas… como La isla del tesoro o Moby Dick.

Un buen día, el hacedor de mis días, intentando paliar mi aburrimiento, llegó con unos tebeos bajo el brazo y, a falta de libros, los tebeos (no eran aún cómics) se convirtieron en lo cotidiano. Y me alimenté de viñetas y bocadillos hasta recuperar el derecho a disfrutar de los libros. Las malas costumbres de la lectura llevaron a otras peores. Pronto pedí una libreta para escribir, no sabía bien qué. En un primer momento quería llevar un diario, sin embargo, consideré que la vida de un enfermo era poco interesante, de manera que escribí pequeñas historias sin sentido y así empezó todo.

De adulto seguí leyendo, pero acuciado por estudios y otros intereses me costó volver a la escritura. Lo hice a través de la historia, una dama de la que me enamoré y a la que quería dominar. La mejor forma de hacerlo era leerla y, ¿por qué no?, domarla, es decir, escribirla e incluso reescribirla para que otros pudieran leerla con mis palabras. Y me puse a ello.

Mi adoración por la lectura y mi necesidad de escribir entraron un día en contradicción con el sabio George Steiner a propósito de su opúsculo titulado El silencio de los libros. Me puse de inmediato en guardia, a favor y en contra de ese texto, por otra parte, maravilloso.

Steiner se refiere al silencio que necesita la lectura en una sociedad tan ruidosa y se muestra un tanto desmoralizado por su precaria situación actual. Afirma que la música es la forma más universal de la comunicación artística: “No hay un solo ser humano en el planeta ¾dice¾ que no tenga una u otra relación con la música”. Y añade leña al fuego: “La mayor parte de la humanidad no lee libros, pero canta y danza”.

Considero, de acuerdo con el maestro Steiner, que la música es superior a la palabra para comunicar sentimientos, pero no para desentrañarlos y ahondar en ellos. Y ahí en ese espacio, ora invisible, ora inabordable, están los libros, la lectura e incluso los lectores, y por extensión también los escritores como domadores de la palabra.

Si la lectura nos atrae lo suficiente como para alejarnos del “mundo real”, si esta atracción es tan fuerte y persistente que nos aparta de lo “rentable”, estaremos, amigos, practicando un vicio. Un vicio, como dice Michel Crépu, “impune”. No se trata, claro está, de la impunidad que ampara la evasión de impuestos o cualquier otra villanía. Estoy hablando de la liviana y elegante impunidad que se deriva del alejamiento de la barbarie. La receta: horas y horas de buenas lecturas. ¡Ah!, y no me pregunten qué son buenas lecturas…

Para acabar. Es cierto que los vicios de la lectura y la escritura guardan relación con generaciones y modos de vida que parecen alejados de las connotaciones que los hacen posibles, pero no se fíen de las apariencias porque estas suelen engañar.

Romper con el pesimismo que se cierne sobre la lectura y sobre la escritura o acabar con el mito de que cada vez se lee menos y se escribe peor es deber de los lectores y de los escritores, pero también de los ciudadanos libres en general. Me resisto a admitir las profecías que han enterrado el vicio de la lectura y la necesidad de la escritura. ¿Creemos, de verdad, que dentro de unos años nadie leerá un puñetero libro ni escribirá algo original y apasionante?

Creo, como el viejo y adorado Alonso Quijano, que es posible luchar contra los molinos de viento llevando adelante un proyecto de vida utópico que, por serlo, sigue y seguirá estando contra el mundo que se empeña en contradecirlo.

José Antonio Vidal Castaño.

Nada más grave en la escritura y en la practica de las artes en general, que el intrusismo y el plagio. Robar la ideas de otra persona, hurtar a otro equipo o colectivo, las fórmulas 'mágicas o inocuas', obtenidas con tanto esfuerzo; sustraer el fuego originario, el impulso creador de una receta de cocina ajena, por ejemplo, para presentarla en sociedad como propia sin aporte nada nuevo, fue y sigue siendo una práctica inmoral y vergonzante, una lacra que ensombrece todo trabajo creativo. Estas malas practicas intrusivas, no obstante, conforman un vicio muy extendido a lo largo de la historia humana.

El plagio en la literatura, y otros mundos creativos se repite, una y otra vez, pese al halo de desprestigio y la carga bochornosa que comporta su descubrimiento y denuncia. Hoy, la velocidad de los instrumentos de reproducción y de los medios de comunicación sobrepasa nuestra capacidad moral y no asimilamos, tal vez, con la serenidad necesaria, la distinción entre el bien y el mal, aumentando con ello el riesgo de que nuestra palabra sea secuestrada para abrillantar la falta de creatividad y de trabajo de gentes con poco escrupulos. Gentes que se comportan cual garrapatas sedientes, en esta caso, de sangre literaria para maquillar con ella su incapacidad productiva.

Hablamos del robo del fuego mitológico que acarreó la desgracia de los humanos, del Quijote apócrifo, del constante saqueo de los versos de Shakespeare desde hace 400 años… La literatura o la narrativa histórica, sin ir más lejos, siempre han estado repletas, afortunadamente, de problemas de identidad y de ambigüedades literarias. El gran William Fulkner ya advirtió que: “un escritor es intrínsecamente incapaz de decir la verdad, por eso se llama ficción a lo que escribe”. Más, no es lo mismo, no, utilizar materiales comunes y temas conocidos: amor, odio, celos, soledades, vicios, venganzas; guerra y paz, sexo y muerte, alegría y tristeza, etc., que son los mejores porque los llevamos dentro; utilizarlos, digo, para contarlos cada vez de una manera diferente, con un estilo propio (la esencia de lo literario) que recortar y pegar lo que otros han escrito a un pretendido texto “nuevo”, sin alma ni estilo propios.

Contra la práctica habitual de algunas gentes que intentan vivir literariamente a costa de lo que otros fabricamos y producimos, poco podemos hacer excepto denunciar su estulticia creativa y, alzar nuestra voz, una y otra vez, para clamar en el desierto de la ignorancia y de la mala fe que nos rodean.

Que esta falta de ética y de sensibilidad por la belleza, no haga decaer el ánimo de quienes empuñan, empuñamos esa pluma imaginaria destinada a vencer a la espada. Amén.

José Antonio Vidal Castaño.

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