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Carta a Dios

El Aguijon
Fuente

Señor Dios:

En esta nueva serie epistolar que ahora retomo, quiero que seas el primer destinatario de mis cartas marcadas. Contigo cerré ayer mismo –hace 24 años, mi primera serie de cartas, en un medio hermano, la prensa. En aquella ocasión, creo recordad que te pedía impusieras un poco de sensatez a unos descerebrados que pegaban tiros en la nuca y ponían bombas indiscriminadas en las grandes superficies comerciales.

Ya sé que me acuerdo de Santa Bárbara solo cuando truena. Pero es el caso, que cada mañana me desayuno con una patera en el fondo del mar, y aquí nadie pone remedio. Sé por Antonio Machín, que Tú también quieres a los angelitos negros que aquel pintor nunca sacaba en sus cuadros.

No voy a meterme en la distribución de recursos naturales con que dotaste a la tierra cuando la creaste. Pero en ella habitan dioses menores que han sido nombrados encargados de administrarla. A algunos, hasta los hemos nombrado nosotros. Otros dicen actuar en nombre tuyo. Pero unos ni otros, no mueven un solo dedo para redistribuir con la mínima equidad necesaria, la riqueza que impida que algunos países nacidos con el hambre y muertos por culpa de la misma, se lancen a la desesperada en busca de una muerte clandestina en el mar, o un mendrugo clandestino de pan de nuestras costas para dentro.

Incapacitados como estamos –según estamos demostrando-, para dar solución humana a este problema, yo me decanto por el planteamiento mas cómodo: recurrir a Ti, para que, bien sea por intervención personal, bien por delegación en Roma, nos obligues a llevar recursos a las zonas mas pobres. Pero no solo leche; mantas y preservativos (con perdón), sino cultura, industria, servicios que ellos puedan explotar para producir riqueza in situ para que no se vean nunca mas, obligados a realizar viajes de la muerte.

Quedo a la espera de tal solución, que considero te será mas fácil que dotar de entendederas a estos dioses menores que ya te he comentado.

Recibe mi máxima consideración y afecto.

Miguel Ángel Martínez Collado